Hoy ha sido el día del libro, un día del libro especial, el instaurado por mi madre, la abuela Carmen, que premia con un libro a las nietas y nietos por haber acabado el curso con buenas notas.
Es como una fiesta, aunque a ella le parezca que haya habido poco entusiasmo, tal vez porque el entusiasmo es inversamente proporcional al estado adolescente.
Esperábamos en la puerta a que abrieran la librería Picasso, torrados de calor a las 10 de la mañana. 33 grados marcaba el termómetro de al lado de la plaza del mercado nada más salir de un garaje que parecía un invernadero. Ni a la sombra se está bien. Y de repente, se cruza un pensamiento que no tiene nada que ver: “qué suerte estar lesionada, así no tengo que estar entrenando a tope con este clima exasperante”, y me quedo tan contenta con el consuelo. Al final, todo va a tener una parte buena.
Llamé a C por teléfono. Al terminar el trabajo de la mañana, que sigue siendo estresante por haber condensado todo lo complejo, pensé en llamarla, en no llamarla justo después, y terminé descolgando el teléfono y marcando el número que estaba anotado en su historia clínica. Está de alta en casa, adaptándose a los cambios físicos de una cirugía que ojalá no se tuviera que haber hecho. Pero fue lo mejor. Y ella está bien, y mejorará, y pronto será más consciente de su suerte, a pesar de todo, a pesar del lado malo. ¿Fueron 30 minutos? No lo sé, más o menos. Pero hablar con ella, que supiera que ocupa mis pensamientos y parte de mis desvelos de los últimos 10 días, me hace sentir bien, y aunque parezca egoísta, no es solo por eso, es porque creo que a ella también le sirve de algo.
El otro día recibí una reclamación en el trabajo, en la que tras los dos puntos del motivo escribían: Agradecimiento (y toda la justificación). No hay mayor recompensa.
Un día, y vacaciones.
En la Picasso se está fresquito. Aire acondicionado y poca gente por ahora. Parece que estemos en nuestra casa, persiguiendo niños fascinados por tantos libros tan coloridos y de tantos temas distintos, incluso algunos que jamás habrías imaginado. Es un día que se repite año tras año. La abuela firma después los libros, y ellas empiezan a leerlos casi sin descanso.
Qué suerte no tener que cumplir en el entrenamiento con el calor qué hace, y que pena no haber podido optar ni si quiera a hacer la marca para ir nuevamente a un absoluto (tal vez ya no sea capaz de hacerla más). Qué suerte que mi cuerpo me dijo “para un poco” de una forma tan poco deseable, que se cansó de mí y decidió que ya era tiempo de parar, que al final mi mente lo ha aceptado, y que solo piense en recuperarme para volver, tal vez, incluso, un poquito más fuerte. Quizás Roberto invente una forma nueva de entrenar para no sufrir tanto con cargas intensas. Quizás me dedique a la petanca.
Un día, y vacaciones.
Tiempo para hacer todo y nada. Para la playa, para destensar el cuerpo, para retozar por la mañana en la cama o para madrugar y correr por el parque nacional de Cabo de Gata, para baños con el sol poniéndose tras las montañas, para helados, arena, y risas, para visitar calas con la tabla, para bucear y sentir la ingravidez de la inmersión en el gran azul.
Este año nos quedamos con el calor y sol de Almería. Tal vez echemos de menos el norte, la casa hecha a retazos con vestigios de otras casas en medio de montes asfixiados de verde en Asturias, el fresquito de la mañana, y de todo el día, y los días de desconexión de todo. Tal vez. Siempre se echa de menos lo que no se tiene.
Qué suerte y qué fastidio. Mejor quedarse siempre con lo bueno

