336º fragmento – Despertar A una pesadilla

Cojo su mano. En principio no deja de gritar. Ha tratado de tirarse de la cama varias veces. Chilla sin emitir ninguna palabra que podamos reconocer.

Cojo su mano y no deja de gritar.

Todos los que están a su alrededor hablan para tranquilizar a uno que tiene los oídos que, víctimas del daño en sus anclajes en el cerebro, dejaron de hacer su función. Vive en el silencio absoluto. En un silencio que seguro se le antoja una pesadilla, porque no puede ser otra cosa. No oye, pero le siguen hablando para tranquilizarlo. Quizás ninguno de nosotros quiera creer que ese hombretón, que ahora está en una cama, haya sido desconectado del medio de esa forma tan cruel.

Yo le cojo la mano como si fuera la de mi hija y comienzo a acariciarla. Al principio intentaba que la soltase, ahora ya se va dejando hacer. Ahora ya han conseguido volver a cogerle la vía que con tantos movimientos anárquicos había perdido de su brazo derecho y, en breve, el propofol podrá hacer su efecto.

Sigue gritando a la nada, cada vez más bajito, con menos fuerza. A la nada que le muestran sus ojos abiertos pero perdidos en el infinito, porque nadie recoge la respuesta de la luz que reciben.

Tiene mi edad.

Lo miro como si fuera yo. Lo miro como si de alguna forma yo pudiera sentir ese dolor en mis propias carnes.

Se arrancaba cualquier ropa que intentaras ponerle, y lo tuvieron que sujetar porque se tiraba de la cama. Ha llegado semidesnudo tapado por una sábana que también trata de quitarse de encima.

Despertó a una pesadilla.

Un día se quedó dormido víctima de una enfermedad. Al otro, despertó sin saber dónde, privado de dos de los sentidos del oído y la vista. Una pesadilla. Me dan ganas de llorar. De repente se abre un hueco enorme en el centro de mi pecho que poco a poco va ocupando todo mi tronco, dejándome vacía.

Ayer era como yo. Hoy no sabe dónde está. Y no hay forma de decirle donde está.

Mientras tanto, en la otra sala de endoscopias, en la que yo estoy trabajando esta mañana que ya no me está gustando, espera paciente y expectante por todo el jaleo que hay fuera mi próximo paciente. Le pido disculpas por la tardanza. Le pido disculpas por los gritos, por el jaleo reinante. Que no se preocupe, que no tenía que ver nada con la prueba que se iba a realizar, sino con las circunstancias propias de ese paciente en concreto.

Y mientras hablo para tranquilizarlo, yo solo tengo ganas de llorar.

Y me tomo un poco de tiempo más para recomponerme y afrontar la siguiente prueba con todas las garantías que el beneficiario de la misma se merece mientras cruzo miradas de tristeza con Eva, que me observa desde el otro lado de la cama mientras yo voy poniendo en orden el ordenador y la captura de imágenes de las endoscopias.

Pasan los días y no puedo dejar de pensar en él.

Tampoco en ella. En cuando me miraba desde la cama con ojos miedosos sin entenderme a pesar de que yo hablara despacio, a pesar de mis gestos, a pesar de intentar mirar profundamente en ella mientras le pedía que no tuviera miedo, que no iba a sentir ningún dolor, y que todo lo que íbamos a hacer era por su bien. Ella también se durmió para despertar a una pesadilla. Ella, con todos sus sentidos intactos, pero con neuronas que se apagaron cuando su coche se estrelló hace un par de meses.

Cuánto dolor.

Y en medio de este dolor, aparece Isabel, la del 3er fragmento. Nos reconocemos mutuamente, aunque ya esté ella preparada para hacerse una colonoscopia que me costará media vida porque su abdomen fue escenario de una guerra hace ya más de un año.

Haber sufrido tanto no te exime de poder seguir sufriendo, pero en esta ocasión las noticias son buenas.

Medio despierta y con media lengua aun bajo los efectos del hipnótico va diciendo: mi ángel, ella fue mi ángel.

Pienso, qué cabrona es la vida (a veces). Y deseo con todas mis fuerzas que las dos primeras personas de este fragmento despierten de sus pesadillas.

Como lo hizo Isabel.

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