Ni Aurora, ni Pilar, ni Eva, que ni esperaba pasar la tarde doblando en el hospital, ni Samia, ni yo, hemos pensado en la última hora en dar por finalizado esto sin acabarlo del todo.
Si nos hubieran preguntado hace 3 horas, tal vez sí, tal vez nos habría parecido más imposible que probable. Tal vez alguna, seguramente yo, habría renunciado a continuar con una tarea que parece interminable. Pero ahora nadie se mueve. Y da igual que el reloj marque más de las 7 de la tarde y que todo empezara poco después de la 10 de la mañana. En ese momento, la certeza de que se alargara a más de las 3 de la tarde, no contemplaba que abandonáramos el hospital a casi las 10 de la noche.
Tal vez nos vinimos demasiado arriba.
Tal vez nos pudo el optimismo.
Tal vez sea el 5% de posibilidades y el 300% de esperanza del mensaje de después de Samia, cuando yo ya estaba estampada en el sofá exenta prácticamente de vida.
La respuesta a mis dudas fue una muestra de confianza y apoyo por cada una de las que estábamos en la sala.
Cada intento de renuncia mío fue mitigado por un bebe agua, come, descansa un poco… ahora seguimos, que el paciente es un bendito. Y sí que lo era.
Le estamos salvando el culo. Literalmente. Lo hacemos para salvarle el culo.
Dicen que llovió fuera.
El ayuno voluntario se convirtió en involuntario para más de una. La cetosis apagó el hambre.
Y no importó.
Mi cuerpo se destensó casi al final, cuando Samia cogió los mandos y yo pensé que no había meado en todo el día.
Las manos entumecidas, el cuerpo falto del sentido del equilibrio, las rodillas casi sin rango articular, acusando cada mínima flexión para echar un pie delante del otro, casi sin poder agacharme sobre el inodoro sin sujetarme a la pared…
Pero, en ese momento, ya las posibilidades se habían hecho del 300%, igualando a la esperanza inicial. Ya sabíamos que lo teníamos.
Y mientras despertaba, decía que tenía frío. Y nos quedamos todas para ayudar a David a cambiarlo de cama, a secarlo, a abrigarlo, calmándolo, diciéndole que todo estaba bien cuando aún apenas nos oía en sueños.
Y agotadas, muertas, fuimos abandonando el hospital con el corazón lleno de satisfacción, mientras Marta iba en busca de una manta térmica para hacerlo entrar en calor.
Y ha pasado buena noche. Y está deseando irse. Está mañana paseaba por el pasillo de la planta, como si no le faltaran 4/5 de la mucosa del recto.
Esa era la guinda que faltaba.
No se puede tener mejor equipo.

