364º fragmento -Esto también pasará, pero cuándo

Si un día tu hija de 13 años recién cumplidos te llama por teléfono desde la entrada del instituto, justo en el momento en el que tú estás como loca buscando aparcamiento para no llegar tarde a la sesión, lo primero que imaginas es que algo le ha pasado con algún compañero, o que tal vez, de repente, le aterra entrar porque ese día tiene un examen para el que nunca creerá haber estudiado lo suficiente, porque ella es así.

Casi no la entiendo. Entre sollozos me dice que no puede entrar. Entre hipos y respiración entrecortada por las lágrimas convulsas me insiste en que no quiere que su hermana mayor la vea así. Y yo, mientras he seguido caminando hacia la puerta del hospital para no llegar tarde a la sesión, voy por un pasillo sin apenas cobertura, y le digo que se vuelva a casa siguiendo un camino alternativo para que nadie pueda ver sus lágrimas, esas que ahora mismo la avergüenzan.

Y cuelgo.

Y me doy la vuelta para llegar de nuevo al caos del aparcamiento mientras llamo a mi jefe para decirle que tengo que irme, que mi hija, aun no sé por qué, pero me necesita.

No hubo rastro de bulling, de examen difícil, de malentendidos con alguien del profesorado. No encontré nada ni nadie a quien echarle la culpa del bloqueo que le impidió entrar en el instituto esa mañana, dos semanas después de haber empezado el segundo trimestre de primero de secundaria.

Como no encontramos nada después de indagar y de hablar con ella, con el orientador, con profesores, con amigas, con sus hermanas… pensé que era una tontería que se le pasaría en cero coma.

Así que, después de una semana en la que cultivé la comprensión y la acompañé al instituto para dejarla siempre con los ojos al borde de derramarse…, después de hablar con ella todas las noches antes de dormir, de contarle mis experiencias cuando yo tenía su edad, de intentar sonsacarle algo que no me hubiera querido decir, de tumbarme a su lado en silencio abrazándola por si acaso me murmuraba algo al oído…, me cansé y pensé en cambiar de táctica y ser algo más dura apelando a la responsabilidad que cada uno teníamos, yo la primera, que no podía seguir llegando tarde a trabajar.

Y fue peor.

Y la cosa me pareció que era más seria de lo que yo pensaba. Le dije que necesitaba ayuda. Yo, yo la necesitaba. Porque no tenía las respuestas ni sabía que más podía hacer cuando en una carta que dejó en nuestra cama no supo explicar el porqué, pero si el resultado: un dolor intenso que le atravesaba el pecho y la dejaba sin respiración, una sensación de que todo le pesaba y a nada llegaba, una falta de capacidad para introducir el aire en los pulmones, un bloqueo de cuerpo y mente que le hacía imposible atravesar las puertas del instituto.

Habría preferido que alguien se hubiera metido con ella o que tuviera miedo de alguna asignatura.

Yo necesito ayuda para ayudarte. Tu padre y yo la necesitamos. Porque cuando yo te escribo en el brazo que esto también pasará, tú lo lees y, con ojos brillantes, me preguntas que cuándo. Porque si no encuentro el motivo, no sé por dónde empezar.

Con el primer psicólogo no hizo match, y nosotros lo debíamos haber sospechado, porque nunca con los hombres se mostró confiada.

Ella se sigue escribiendo emails con su seño Encarni, se acuerda de lo bien que estaba en el colegio, y no entiende muy bien por qué estos profesores son tan distantes y pasan tanto de ellos. Entró en un mundo hostil antes de lo que su madurez lo hubiera deseado, y daría lo que fuera por seguir teniendo a Diego de director.

Sus notas son excelentes, pero su autoexigencia hace que todo parezca poco.

Mi niña, de ojos grandes y brillantes, payasa, sensible, visceral, con un caballo loco oculto que despliega todo su poder cuando menos te lo esperas, empática, defensora de todas las injusticias, cariñosa, agradecida, capaz de todo, lista, inteligente, soñadora y creativa…

Ayer hicimos match con Alma, la nueva psicóloga. Nosotros y ella. Y después de casi dos meses de sentir que la abandono en la puerta del instituto lidiando con una tristeza infinita a la que vence cabeceando hacia delante y tragando saliva antes de arrancar a andar y mirar 5 veces hacia atrás para encontrarse con mis ojos, empiezo a pensar que esto también pasará. Pronto.

Ayer le dejé leer el 31º fragmento, el de la tristeza y sus anejos. Terminó de leerlo llorando y me dio un abrazo infinito. “Y por qué no me lo contaste, mamá”. Porque yo estoy aquí para protegerte, pero ahora quiero que sepas que lo que tú sientes, yo lo he sentido.

Te quiero.

PD: lo publico con su permiso, porque piensa que puede ayudar a otros. Ella ha elegido la foto.

Deja un comentario