Lo que hacemos, nada tiene que ver con lo que deberíamos hacer.
Cambiamos tomar café por una hora de ejercicio y el resultado no pudo ser más gratificante.
Muchas veces hemos pensado en cómo sacar media hora antes o después de nuestra jornada de trabajo para mover el peso de nuestro cuerpo de forma que incremente nuestra fuerza específica, esa que nos hará mejores, que nos hará mantener la postura de nuestros cansados cuerpos, facilitando un cambio externo que sin remedio llevará también al interno. Aun le doy vueltas y lo conseguiré.
Contaba Ana la importancia de la postura, de lo que refleja nuestro cuerpo y nuestro rostro, para incidir después en nuestras emociones. Siempre he escuchado que hay que empezar con un cambio de dentro a afuera, de nuestro modo de pensar, de ver las cosas, de saber realmente lo que es importante, de priorizar, de tomar la iniciativa, el toro por los cuernos, de ser disciplinados, de no dejarse doblegar por nada que pueda surgir en nuestro camino…, pero casi nada sobre eso, lo que dice tu “actitud externa”, lo que repercutirá en ti, y como tu postura, tu talante exterior, generará cambios internos.
Sonríe. Aunque no tengas ganas. Lleva tus comisuras hacia arriba trabajando los músculos de tu cara. Y no para enseñar dientes, como decía la Pantoja para que se jodieran los que iban contra ellos, sino porque irremediablemente tu cuerpo, tu interior, entrará primero en una especie de confusión, para luego empezar a sonreír también por dentro.
Decía Ana que la postura es esencial en el modo en que percibimos nuestro mundo exterior. Una postura adecuada, con todos nuestros músculos equilibrados, cabeza alta, espalda estirada y hombros, caderas, rodillas y tobillos alineados en una línea recta imaginaria, nos empodera en cierta forma, y nos hace sentir fuertes y capaces, además de buenhumorados. Y eso lo dicen los estudios de neurociencia, y sobre eso oiréis hablar al Dr. Puig un millón de veces. Y es tan cierto…
Yo hace tiempo que no dejo a mi barriga ir a su antojo. Si lo hiciera, después de tres embarazos de panzas enormes, podría hacer el anuncio patético de yogures en el que la pobre mujer se queja de que “esta barriga no es la mía”. Mi barriga es plana porque yo la mantengo dentro. Mis músculos irremediablemente dieron de sí, para alojar a cada una de mis locas en su proceso de formación intrauterina, sobre todo para Claudia, que no tuvo otra idea que aprovechar el reposo obligado de su madre para pesar casi cuatro kilos y medio. Yo mantengo mis músculos abdominales con tono, esos, y los del suelo pélvico, Mª Carmen, que eso ya lo sabes tú bien.
Trato de estar siempre bien erguida cuando estoy de pie, durante mi trabajo de horas plantada haciendo endoscopias, mientras me siento, cuando hago deporte, o cuando camino por la calle. Los cuerpo flácidos, sin tono, se dejan llevar por la gravedad adoptando posturas que bien recuerdan a cualquier anciana de cuento de Navidad, curvándose en las cervicales, bajando la barbilla, hombros hacia delante, caídos, pechos hacia atrás, barriga a sus anchas distendidas por todos los gases que han encontrado espacio para expandirse, suelo pélvico descolgado (también en los hombres) apenas sosteniendo nuestras vísceras abdominales y llevándonos a una situación de incontinencia más o menos grave y temprana.
El cuerpo hay que domarlo. Hay que entrenarlo a todas horas. Caminar con el ombligo como si quisieras juntarlo con el espinazo, la cabeza bien alta, hombros alineados a ambos lados del cuello, espalda recta, pecho fuera, y practicando la fuerza de tu periné, que para eso sirven las bolas chinas (los hombres tendrán que aprender de otro modo). Eso decía mi querida Gloria: caminar erguida, ombligo dentro, y culo apretado.
Y sonríe.
Todos los minutos del día son una oportunidad para entrenar tu cuerpo y hacer sentir mejor tu mente.

