306º fragmento -Si yo te prescribo actividad física, ¿tú qué haces?

En la sesión hospitalaria de hoy, Endocrinología habló de las bondades y de la necesidad de prescribir ejercicio físico a nuestros pacientes. El problema fundamental es que tienen que hacerlo para que la prescripción sea efectiva. Otro problema es la intensidad, frecuencia, peculiaridades… de esa actividad física para un sujeto determinado. El mayor problema, es que probablemente a quien se lo estoy prescribiendo, nunca haya hecho ejercicio.

Nos empeñamos durante mucho tiempo en adormecer a una población, malcriándola entre comida procesada, rápida, de pobre valor nutricional, haciendo cada vez más difícil eso de bajar a jugar a la calle, acomodándolos frente consolas, plataformas digitales, redes sociales y pantallitas mil… y estamos recogiendo el resultado de tal siembra ahora, aunque hace años se levantaron las voces advirtiendo de la mayor epidemia que iba a asolar y asola el mundo occidental.

Conseguimos que la gente olvidara qué es moverse, qué intensidad es la adecuada, y que eso sirva para algo. Motorizamos cualquier medio de desplazamiento por muy cerca que estuviera el destino y facilitamos la adquisición de galletas y palmeras de chocolate en máquinas expendedoras de colegios, hospitales, pabellones y otros centros deportivos… Metimos al enemigo en casa.

Y a pesar de que proliferen las páginas de salud y deporte y un gimnasio cada cuatro calles, el postureo parece ganar por goleada a una actividad física que cumpla los mínimos requisitos indispensables para poder llamarla sana o adecuada para su edad.

Yo te prescribo ejercicio, pero tú qué haces.

Seguramente no sepas ni por donde empezar.

De la frase que rezaba al final del informe de una consulta médica: “haga ejercicio físico a diario de forma adecuada a su capacidad”, hemos pasado a copiar y pegar las recomendaciones de la OMS, y en algún caso, como decía Mercedes, los más preocupados e implicados y creyentes, a adjuntar pdfs, url de páginas webs y otros materiales de apoyo, para que alguien que probablemente nunca haya hecho ejercicio en su vida, se inicie en algo que podría quitarle 5 pastillas distintas del pastillero. Y no saben por donde empezar. Y les creamos frustración.

Adaptar el ejercicio a cada uno de nuestros pacientes debería ser una tarea del servicio sanitario. Reeducarlos, invertir en calidad de vida, en prevención, en menor consumo de fármacos, en definitiva, en vida, debería ser una de las tareas fundamentales de la medicina. Y sin embargo nos enfocamos en el último eslabón de la enfermedad, en parchear con fármacos cada una de las consecuencias de nuestro sedentarismo y nuestra falta de compromiso con una alimentación saludable.

Yo te prescribo ejercicio y tú encuentras un millón de motivos para no poder hacerlo. Dolores articulares múltiples, falta de tiempo, de energía, de motivación, falta de fe…

La prescripción deber ir seguida de una valoración, de una adecuación del ejercicio a cada uno de nuestros pacientes, de acompañarlos durante un tiempo hasta que ellos sean capaces de volar solos, de incluir la actividad física en su rutina diaria para que la pulsera de actividad se vaya rellenando casi sin que se den cuenta, de ofrecer entornos agradables donde llevar a cabo aquello para lo que estamos hechos, para el movimiento.

Andar no es hacer ejercicio, pero cuenta como no estar sentado, que ya es algo.

Empezamos a darnos cuenta de lo que tenemos que revertir. Ahora habrá que ver de qué forma lo hacemos, porque el presupuesto para comprar fármacos parece que está más que establecido, pero el que más falta nos hace es aquel para invertir en deshacer este entuerto, la sociedad enferma que durante tanto tiempo hemos cultivado.

Gracias que existen personas como Tato. Ojalá que le dejen hacer. Ojalá. que crean.

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