Se entrena.
Todo puede entrenarse.
No me vale “eso es imposible que yo pueda hacerlo”.
Nos puede costar más o menos trabajo conseguirlo, pero el empeño, habrá que ponerlo en el camino que debemos llevar para alcanzar la meta que nos parece inalcanzable.
Claro, como a ti no te cuesta trabajo, te sale solo, disfrutas con ello…
Que no me esté quejando continuamente de la dificultad que supone no significa que esté exenta de sacrificio. Lo que si está claro es que hay dos formas totalmente contrapuestas de afrontarlo.
La primera y más extendida entre nosotros los mortales es identificar y utilizar cada una de las posibles excusas a priori detectadas como incontrolables por nosotros mismos para justificar el fracaso, o mucho peor, ni si quiera llevar a cabo el intento ante la sospecha de un fracaso futuro más que seguro. La inversión de esfuerzo, tiempo, y todo lo que tenga que ver con dar antes de recibir, frena incluso el arranque, o te hacer parar a los dos pasos, cuando ni si quiera fuimos capaces de empezar a disfrutar del “sufrimiento” que supone poner en marcha la determinación necesaria para no cejar en el intento.
Tal vez pensaste que el resultado no merecía la pena. Pero yo me atrevería a decir, que en contra de esto, está el autoconvencimiento que surge de la comparación que hacemos de nosotros con los demás. Por alguna razón la suerte ha querido que esa persona haya alcanzado la meta que yo tanto anhelo, y en lugar de inspiración para pensar en por qué yo no voy a ser capaz, intuimos que fue agraciado por todo tipo de dones que hacen que poco menos se lo hayan regalado, o por lo menos, ella no sufre, ni tiene que realizar el esfuerzo inhumano que supone para mí.
La voluntad también se entrena. La disciplina de un camino marcado es la que no debe fallar por mucho que el demonio que asienta sobre tu hombro izquierdo quiera decirte lo absolutamente incapaz que eres, el tiempo que estás perdiendo, y sustituya la admiración y motivación por el ejemplo ajeno, por envidia.
La segunda opción, la que debería extenderse, es la de ir a por ello a pesar de las dificultades. Estamos rodeados de ejemplos de superación, muchos de ellos surgidos de situaciones estresantes que motivaron un cambio que tal vez, sin ese pistoletazo de salida, jamás se habría producido. Infartos que cambian la perspectiva de nuestra vida, cánceres que se vencen y te fortalecen para cualquier envite que pueda venir después, accidentes que amenazaron aquello que creíamos inalterable y nos despiertan a una realidad más llena de oportunidades…
La voluntad también se entrena. Todo se hace más fácil cuando se entrena.
Cuando empiezas a correr después de una lesión piensas que jamás volverás a llevar los ritmos que con tanta facilidad habías alcanzado. Y sin embargo, es un pensamiento erróneo.
Todo lo que tiene valor cuesta conseguirlo. Y no hablo de coste económico.
Lo que cuesta es poner en marcha todas las herramientas a nuestro alcance (algunas de ellas quizás ni sepamos que las tenemos guardadas) para dirigirnos hacia aquello que es nuestra meta.
No necesitamos de un hecho vital para cambiar nuestra mente. Basta con imaginártelo. Basta con saber qué y quién quieres ser, e ir a por ello sin excusas, sin trucos, sin atajos de nuestro cerebro para que nos demos por vencidos a la primera de cambio.
La voluntad se entrena, eso seguro. Lo que hoy te cuesta mil, mañana saldrá solo.

