“Menos mal que le ha tocado en esta sala, que si le llega a tocar la de al lado…” Así rompemos el hielo esta vez con quien entra asustado encima de la cama que otras dos arrastran y chocan contra los marcos de las puertas que fueron pensados demasiado juntos, incluso sabiendo ya de que anchura era la cama que debía entrar. “No saque usted las manos de la cama”, no vaya a ser que se las deje ahí, dicen para sus adentros mientras empujan con cuidado los armatostes.
No parece nervioso. Pero solo es eso, una apariencia. Eso cree MC.
Las tardes son más tranquilas, sobre todo si no llevas una mañana de endoscopias a cuestas.
Las tardes son más tranquilas porque el teléfono no suena mil veces, porque solo queda la de guardia dando vueltas por el hospital, porque la sala de broncoscopias no funciona, y porque solamente dos salas de endoscopias están intercambiado pacientes con el hospital de día médico. Menos gente revoloteando. No importa que una de las lavadoras esté estropeada. Hay tiempo.
Los pacientes, además, vienen mejor preparados. Más limpios por dentro. Más fácil de verlo todo.
Y nadie interrumpe.
Si te toca trabajar con un equipo como el de hoy, la tarde ya está hecha.
Él ha sonreído con la broma inicial, incluso nos sigue la corriente y se alegra de estar en la sala A, con el equipo A, que así nos hemos autodenominado quien sabe si en un recuerdo al famoso equipo que iba en furgoneta negra con línea roja. “Qué suerte he tenido”. Tal vez se lo crea.
Es una endoscopia por antecedentes familiares, por un riesgo aumentado de tener cáncer de colon porque hubo demasiados casos en su familia, o hubo uno diagnosticado demasiado joven. No tiene síntomas, pero está asustando, porque ya no es tan joven (ni tan viejo), pero está en esa edad en la que da mas miedo que te ocurra algo, cuando tienes a los hijos por criar, cuando todas las piezas de tu vida parecen ir encontrando el sitio que les corresponde en el rompecabezas que conforman, donde uno comienza a asentarse y sentirse bien…
O tal vez cualquier momento sea el peor.
Nadie quiere morirse, ni siquiera aquella mujer que con 88 años entraba en la sala con la certeza no aceptada de que ya le habían puesto fecha de caducidad cuando el color de su piel, sin aviso previo, dejó de ser normal. A ella también le pilló en un mal momento. Ahora que podía disfrutar con serenidad de su familia, que había conseguido llegar a una vejez libre de pastillas y absolutamente capaz de desenvolverse en solitario, y seguir siendo testigo de cómo sus genes se seguían transmitiendo a la tercera generación en armonía.
Mª Carmen tiene el don de saber qué necesita cada uno de los pacientes que entran en nuestra sala. Un sexto sentido tal vez. “Venga, despierta, que ya te hemos puesto las tetas” No es forma de despertar a nadie de una sedación tras una colonoscopia. Doy fe. “Pero si yo venía a hacerme una colonoscopia…” balbucea medio adormilada sin saber aun donde se encuentra. “Pero, ¿cómo?, ¿una colonoscopia?, madre mía, doctora, sin nos habían dicho que era aumento de senos”. Ella, aun sueña, pero poco a poco va sabiendo dónde está. “¡¿Pero si yo me hice una reducción?!” Creo que nos reímos las tres casi al mismo tiempo. “Por supuesto que sí, viniste a hacerte una colonoscopia, y está todo perfecto”. El miedo se queda aparcado, desaparece, quizás nunca existió.
Mª Carmen sabe qué broma y a quien se la puede gastar, cómo romper el hielo, intuye cual es la mayor preocupación del ser indefenso que desnudo de cintura para abajo se cubre con apenas una sábana. Sabe a quien puede cogerle la mano, cómo ganarse la confianza, cómo romper la tensión que atenaza el cuerpo de quien teme el resultado de una prueba que dejó de ser molesta en los brazos de Morfeo, pero que siempre encierra la amenaza del resultado al despertar.

