Se acerca y casi me susurra al oído.
Tengo mi reducción de jornada, esa que me permite de alguna manera conciliar la vida familiar tal y como la hemos elegido, con mi desarrollo profesional. Aun así, hay días que libro que los aprovecho para formarme o para hacer tareas de gestión, o para repasar casos, o para lo que sea. El acceso remoto a la estación clínica nos ha hecho un poco más esclavos de nuestra profesión, al igual que los grupos de Whatsup, pero no me importa.
Se acerca a mí y me dice bajito que pare, que tiene un pálpito.
No recuerdo un fin de semana de no hacer nada. Lo siento Jordi, pero es poco probable que elija un confinamiento en casa no obligatorio, sin nada que hacer, no tengo tranquilidad para eso, aunque a veces me gustaría. O tal vez sí para estar en casa, pero no tumbada.
Solicité la reducción porque necesitaba respirar, tener un poco de tiempo libre, o unas mañanas que aprovechar en cosas que de otra forma no podría. Al principio me sobraban horas. Ahora están tan repletas que no veo la manera de incorporarme a trabajar el 100% teórico, aunque en la práctica ya lo haga, tal vez incluso más. Me resultaría difícil deshacerme de esa “flexibilidad” para compatibilizar días u horas que pueda necesitar para lo que se presente, últimamente usadas para la promoción de la salud y el deporte, para acompañar a mi hija mayor a sus competiciones, para formarme en aquello que me gusta y no es medicina, para poder leer, para salir a correr una mañana de vez en cuando…, para llevar y recoger alguna vez a mis hijas del colegio…
Gano un poco menos y me siento mucho más rica.
Eso es lo que se siente al ser dueña de parte de tu tiempo, y por ahora, no lo cambio.
Se acerca, y me dice que tengo que parar, que no puede ser tanto, que llegará la parte depresiva de mi distimia, que pronto se acabará la parte maniaca.
Y sin embargo, esta vez, la sabia MC se equivoca. Esta vez no estoy de acuerdo con ella.
Los días se suceden, y al igual que cuando entreno cuestas de 200 m no pienso mirar más lejos de donde pisarán mis pies las próximas dos o tres zancadas (aunque sepa donde está la cima), así transcurren, uno detrás de otro, con tareas repartidas según las metas volantes tanto profesionales, como familiares, como deportivas, en una rueda que nunca para y de la que no siento necesidad de bajarme.
Nadie eligió por mí, ni necesito a nadie que me empuje a hacer nada, ni hago caso ya de lo que otros creen que es mejor para mí. Estoy donde quiero estar, y eso produce una satisfacción difícil de explicar, una falta de añoranza de nada que te hacer ser realmente libre, porque lo tengo todo.
Tengo todo lo que quiero, y quiero todo lo que tengo.
Y sin embargo, no significa que haya llegado a ningún sitio. Es más bien como si estuviera subida a una barra de equilibrio y ahora mismo casi no me costara trabajo permanecer encima de ella, por muchas pirueta que tenga que hacer. Esa es la sensación. Esa es la emoción.

