243º fragmento -A mí nunca me va a tocar. Me arrepiento

Cuando era más joven, cuando estaba en la facultad, no tenía miedo a nada. La muerte estaba lejos de cualquier plan, y nunca me veía en peligro, porque a mí nunca me iba a tocar, aunque ahora, en la distancia, vuelva a recalcular el riesgo de situaciones vividas que me hacen pensar que seguir caminando por este mundo, fue cuestión de suerte.

Morirte ocurre cuando menos te lo esperas.

Cuando empezaba a estudiar enfermedades cuya mayor incidencia se producían en la edad que rondaba yo, rezaba por no tener una enfermedad inflamatoria, o un linfoma, o cualquiera de aquellas cosas que solamente veíamos en los libros primero, para poco después enfrentarnos a la cruda realidad de su absoluta existencia en cuerpos, que por suerte, no eran los nuestros. Pasábamos visita con nuestras batas de aspirantes a médico, persiguiendo, como un séquito, a los adjuntos, residentes de mayor edad y residentes de otras especialidades, cerrando el pelotón a veces con miedo, otras orgullosos, pero un poco ajenos a la realidad circundante.

Hoy, que llevo ya cerca de los 20 años ejerciendo como especialista en Aparato Digestivo, descubro que sigo convencida de tener un escudo que de todo me libra, como si nunca nada de lo que veo pasar por mis manos me fuera a tocar a mí, y como si hubiera convertido ese pensamiento absurdo en la mayor de mis defensas, suficiente para no dejar entrar en mi cuerpo ninguna enfermedad que ose meterse conmigo. Y lo peor de esto, es que la mayoría pensáis como yo, y que esa creencia, en muchas ocasiones, nos hace idiotas.

“Fulanito no fumaba y tuvo un cáncer de pulmón”; “Ese se pasaba el día haciendo deporte y cuidándose y le diagnosticaron un linfoma”. “La pobre, tan joven, sin haber hecho nada, y tiene una enfermedad de Crohn”. “Estaba tan bien y de repente le dio un infarto al corazón”… y de esa forma justificamos que aquí estamos dos días y no va a ser para cuidarnos, porque si no, vaya vida aburrida.

Pero al final no ocurre lo que les pasó a aquellos que “sin merecerlo” fueron vencidos. Al final ocurre que la mayoría de los que fueron agraciados era porque tenían muchas papeletas y creían que no llevaban ninguna.

“Me arrepiento, ahora me arrepiento, de no haberme hecho el test de la sangre oculta en heces”, y a mí, como médica, me duele escuchar esas palabras. Solo un 35% de los invitados ha mojado el palito en la caca y lo ha llevado al centro de salud.

Y yo, que he sido siempre tan adaptada a las normas, sin salirme del tiesto para nada, con un sentido recto de lo que está bien y lo que está mal, sigo siendo alguien convencida de que tengo una responsabilidad conmigo y con el resto del mundo. El respeto a mi cuerpo, a no maltratarlo, a encontrar otras formas distintas de disfrutar de la vida que las impuestas, a no dejarme llevar por pensamientos absurdos, tristes, a esforzarme por encontrar salida cuando lo necesite, a valorar todo lo que en suerte me ha tocado vivir, y a resolver los problemas lo más pronto posible. Yo me siento responsable de ser feliz y de hacer todo lo posible porque lo sean los que me rodean. Y cada uno de nosotros tiene ese poder, tenemos esa capacidad. A veces nos costará más y otras saldrá solo.

Pepe decía que ahora se arrepentía. Pero ahora, también luchaba por ganar el partido. Y en ese empeño por ganarlo además decidió hacer algo más, transmitir su experiencia y hacernos partícipes de sus miedos, de sus decisiones, de su vuelta a la vida. Y ojalá lo escucharan muchos, pero con los oídos bien abiertos.

No necesitamos más ejemplos para ser responsables. Necesitamos ser coherentes con lo que ya sabemos.

Deja un comentario