Un niño de primero de la ESO espera a la entrada del instituto con la mochila colgada a la espalda, el cuerpo lánguido y una cara somnolienta, mirada perdida más allá del mundo que le rodea, cansado de día que apenas ha empezado, harto de semana a pesar de ser lunes… Un niño de poco más de 12 años espera a que abran las puertas del instituto, a las 8.00 am, con una lata de Monster en la mano.
El hospital despierta con el cambio de turno de la primera hora de la mañana. Gente que entra, personal que sale de su turno de noche, cruzándose, saludándose, con prisas, con lentitud de tortuga, con café de máquina en mano, con la mochila de la guardia… Una, con pijama recién puesto y cara arreglada, un poco más alta que la media, pelo corto y bien peinado, espera en la puerta del ascensor para subir a la segunda planta. Dos plantas nada más. Y tiene dos piernas perfectamente útiles. Se queja de lo que tiene que esperar el ascensor, y alguien le dice que ahí tiene las escaleras. “Si hombre, por las escaleras voy a subir yo”. No tiene más de 50 años y le sobran mínimo 20 kilos, y está perdiendo la oportunidad de aumentar su NEAT. Está aumentando la probabilidad de ser diabética, hipertensa, paciente cardiovascular…
El autobús recorre toda la avenida de Cabo de Gata en dirección Centro-Nueva Almería. No va muy lleno. Mi suegro regresa desde el centro, quizás haya ido a la plaza, donde conoce a mucha gente y sabe mejor que nadie como comprar. Se para el bus y sube a duras penas un hombre de mediana edad, resoplando por el esfuerzo de arrastrar sobre un escalón la masa informe en la que poco a poco ha ido transformando su cuerpo. Se sienta en uno de esos de plaza y media, y tras ponerse en marcha, toca el timbre de solicitud de parada. Se para el bus, y el hombre, recién subido, al que aun no le ha dado tiempo de guardar el abono en la cartera, se pone en pie con el mismo trabajo que antes realizó para subir al vehículo, y recorre los escasos metros para bajar por la puerta de atrás. Una parada. Mi suegro se le queda mirando alucinado y se acuerda de todo lo que lee en el variopinto blog de su nuera.
En el colegio premian a los niños que se llevan fruta todos los días. Martina, que no nació con el gusto innato de Daniela por todo lo vegetal, está tan aleccionada por su pesada madre que entendió que tiene que hacer el esfuerzo. Y sin embargo, hace tiempo que dejó de ser una obligación para convertirse en un placer. La fruta iba primero, y luego ya se vería. Así eran las meriendas. Y Martina, que habría comido chocolate en cada una de las ingestas del día, con 11 años, cualquiera diría que nació con la misma afición que su hermana. Sus padres saben el trabajo que llevan de pico y pala. Aun así, hay niños que siguen sin llevar fruta. Demasiados.
Una madre castiga a su hija con no ir a atletismo porque tiene mucho que estudiar. No la castiga con no coger el móvil, o no ver la tele, o no hacer TikTok, o no pasarse las horas muertas en las redes sociales… Es imposible que un niño de primaria se pase 5 horas que tiene la tarde estudiando o haciendo tarea. Despeja su mente, cansa su cuerpo, resetéale… y que vuelva con ganas de todo, con tiempos reales marcados para hacer lo que tiene que hacer. Pero castigar con algo absurdo… Me da la sensación de que el castigo es más bien un premio para el padre o la madre que no encontraron salida más fácil, que no analizaron bien los pros y los contras, que no supieron ver donde estaba el fallo, y que no tuvieron que hacer el esfuerzo de llevarlo y traerlo al estadio.
El punto de encuentro que hay frente a la entrada antigua del hospital se convierte en chimenea de humo de tabaco todas las mañanas. Se entremezclan usuarios, familiares, y batas y pijamas blancos, algunos con el café en mano, ávidos por el primer cigarrillo que les reclama la adicción a la nicotina (tal vez ya sea el segundo, o el tercero de la mañana). ¿Puede haber peor imagen que esa? Esta semana es el día mundial sin tabaco. Un tercio de la población fuma. Nuestros hijos cada vez lo hacen más jóvenes. Es la primera causa de muerte evitable. ¿Dónde está la promoción para la salud?
En una cafetería, no puedo sentarme en la terraza para tomarme el café y la tostada con mi madre (después de hacer deporte), sin respirar el humo que exhalan la mayor parte de los que ocupan las mesas al aire libre.
Despropósitos habituales.

