289º -Este viernes en el trabajo, el peor día. Lo siento por el sábado.

La semana pasada fue demasiado intensa en el trabajo.

Cuando las vacaciones están cerca y hay tareas pendientes, intentas seleccionar lo que no es demorable, que suele ser a su vez lo más complicado, lo que más te pone a prueba. Y luego, además, surgen los imprevistos. Y te encuentras un viernes, saliendo del hospital a las 8 de la tarde, después de más de 10 horas de pie, con el endoscopio en la mano y la tensión por las nubes, con depósitos de adrenalina completamente deplecionados que te dejan más de tres cuartos de hora sentada en el coche, parado en medio del descampado en el que aparcaste poco antes de las 8 de la mañana, con las ventanillas bajadas, arrancado, y con el aire acondicionado que no consigue enfriar todo el calor que emerge de la tapicería, del volante, y de todo el salpicadero. Silencio. Apenas pasa gente ni coches cerca. Y es momento de volver a una casa llena de niñas (las mías y las invitadas, y el sobrino…), donde pronto querrán cenar. Y yo solo quiero tumbarme y que no me cueste demasiado respirar, que si no, también dimito de eso.

Tal vez fue el peor día de mi vida en el trabajo.

Lidiamos con posibles complicaciones casi a diario. Eso está claro. Y conforme pasan los años y más experiencia tienes, y más casos complicados asumes, más consciente eres de ello.

En mis tres cuartos de hora de soledad hago un repaso a todo, buscando vías alternativas que hubieran podido ir mejor (siempre lo haces cuando algo no sale como esperabas), y no la encuentro. Era lo que se tenía que hacer, la mejor opción, pero nadie me avisó de que iba a ser tan complicado.

En mis tres cuartos de hora de soledad y de búsqueda de una opción mejor que no llega, sé que tengo que llegar a casa y dejar atrás “el trabajo”, porque me espera esa casa llena de gente, un marido que tal vez ya esté harto de lidiar con adolescentes, preadolescentes e infantes, confiado en que mi aparición por la puerta lo libere de tanto caos, y en que haya una explicación razonable a por qué no contesté mensajes y llamadas de teléfono cuando no llegaba a la hora de comer.

Y yo, tan vacía, solo tengo ganas de llorar.

Unos cuantos mensajes pendientes de ser leídos en el móvil. Ahí se quedan.

Y yo, tan triste y feliz al mismo tiempo, porque todo salió al final, pero no sin imprevistos con los que luchar… arranco el coche y conduzco casi como una autómata hacia mi casa, cogiendo a la primera una glorieta atiborrada de coches que tal vez, como yo, vuelven a su casa después de un día tan feo como el mío.

Llegar, saludar, ducha, cena, el sobrino de 4 años que se queda a dormir, que llora por su papá cuando ya se mete en la cama, que se calma cuando le digo que yo me tumbo a su lado mientras su prima Claudia le lee el cuento de caperucita más largo de la historia, su calma mientras escucha y lo rodeo con mis brazos, la calma que él, con su cuerpecito que me parece minúsculo, me da a mí… Ya puedes dejar de leer, Claudia, que ya se ha dormido el primo. Claudia da un suspiro de seis años, menos mal, que ya tenía mucha sed, y bebe de la botella que siempre tiene en la cabecera de la cama.

Y después, solo necesito abrazos, y que todo salga bien, que ella, la desconocida de la que me siento responsable, esté bien.

El sábado, no estaba para nada.

El domingo pasó.

El lunes se va iluminando.

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