Lo que no se diagnostica, no existe.
Hasta que se diagnostica.
Hay clínicas, tan larvadas, tan inespecíficas, tan… que dicen tan poco, que va pasando el tiempo sin que sepamos si consultar o no por ellas. Y el tiempo pasa tan rápido cuando echas la vista atrás…
Hay síntomas y signos que nos hacen pensar que algo no va bien y, sin embargo, en nuestra vida pasan otras cosas que hacen que los dejemos pasar de largo, distraídos por todo lo que acontece, priorizando equivocadamente en este mundo absurdo en el que a veces nos movemos, o nos sumergimos, o nos quedamos paralizados.
Hay clínicas anodinas que no obedecen a nada, y sin embargo, nos hacen consultar una y otra vez, buscando algo, que quizás nunca se encuentre, porque no exista, o porque su existencia obedece a causas no identificables. Tal vez vaya con la persona, con el miedo a morir, a tener una enfermedad no diagnosticada a tiempo, a no tener nada más en lo que ocupar el tiempo, a experiencias pasadas propias o ajenas…
Hay quien le da importancia a todo.
Y hay quien no le da importancia a nada.
En todo este espectro nos movemos cuando tratamos de hacer un diagnóstico, cuando hacemos todo lo posible porque nada importante se nos escape, cuando guía nuestros pasos el sentido común, el teorema de Bayes hecho a la cuenta de la vieja, la medicina defensiva…
Tú llegas y me cuentas aquello que te parece que es relevante y yo trato de sacarte lo que realmente lo es. Preguntas que a ti te parecen sin sentido, para mí pueden tener todo el sentido del mundo.
Hubo a quien le diagnosticaron un tumor renal en un curso de ecografía en el que hizo de conejillo de indias prestándose voluntario para identificar órganos que a priori estaban sanos, y hasta entonces, hasta ese día, había vivido en la ignorancia. ¿Suerte? Las cosas que se diagnostican sin clínica suelen ser las que más probabilidades tienen de diagnosticarse a tiempo, cuando aun son curables.
Hubo quien dejó pasar una cita de endoscopias porque en ese momento no le venía bien, a pesar de que no le gustaba demasiado el modo en el que habían cambiado sus heces.
Hubo quien se miró mil veces y nunca tuvo nada. Y siguió visitando médicos, clínicas, y consultas durante años, con la eterna espada de Damocles en su nuca, autoimpuesta, incapaz de desprenderse de la posibilidad de un diagnostico terrible, un diagnóstico con más probabilidades de serlo conforme pasan los años.
Hubo quien tenía malas digestiones y terminaron haciéndole un TC tan normal que se quedó tranquilo. Tres meses después el mismo TC parecía de dos personas distintas, porque la enfermedad corrió más de lo esperado, porque no siempre la biología es predecible.
Hubo quien a pesar de tener signos evidentes, nunca quiso consultar y solo la complicación lo llevó a urgencias, cuando ya solo cabía una despedida.
Hubo quien se perdió en el sistema esperando una cita, o que no fue cuando lo llamaron de nuevo porque ya creía que estaba mejor, porque se había acostumbrado a esos síntomas, y habían dejado de parecerle importantes.
Hubo quien entró en mi consulta amarillo limón sin apenas síntomas y me recordó a mi entrenador cuando yo tenía 15 años y a la máxima de “ictericia no dolorosa, ictericia tumoral”. Y yo, casi temblando, porque era como de mi sangre, le hice una eco para respirar aliviada al ver un hígado y una vía biliar íntegros y descubrir que había estado con un tratamiento al que bien podía achacar la colestasis. Un milagro, pensé. Y a pesar del susto, continuó fumando.
Hubo uno que suspendió sus vacaciones por el mismo motivo que el anterior, y llegó a endoscopias cuando yo era R1. Tumoral. Arregló sus papeles antes de la cirugía. Hizo todo tipo de complicaciones. Salió. Siguió adelante a pesar de que no se daba un duro por él. Han pasado más de 20 años, y sigue dando vida.
Hay tantos casos como puedas imaginar. Es como una lotería, con algunas opciones para cambiar resultados, para hacerlos más favorables, para seguir viviendo.

