Primero, deja tiempo para los MUST, luego ya irás reorganizando el resto.
Moverse en un MUST. Moverse, entendido como ejercicio físico, es indispensable para el adecuado desarrollo y mantenimiento de nuestras funciones no solo físicas, sino también cognitivas. Indispensable para nuestro bienestar, pero en apariencia, tan prescindible, que la mayoría de las veces lo dejarás relegado en el último cajón, por si acaso saco tiempo.
Al final, nunca sacas tiempo.
Puede ser que no lo encuentres porque ni siquiera te hayas puesto a gestionar el tiempo que tienes, ni hayas considerado la posibilidad de priorizar una inversión en salud que solamente echarás de menos cuando la tengas perdida.
Da igual que nos inunden con mensajes acerca de la necesidad de poner remedio a este sedentarismo que nos atrapa, que nos muestren una y mil formas de activarnos, de proteger nuestro músculo y de igual manera nuestro cerebro.
Da igual que tengamos 5 gimnasios a menos de 200 metros de casa, o una calle hermosa por la que pasear, un carril bici o un parque que se vea desde nuestra ventana, un paseo marítimo, no sé cuantas canchas de vóley playa, y una amiga que nos esté dando por saco todo el día con la importancia de cuidarse.
Siempre retrasamos el momento de empezar. Otras muchas veces el de continuar con la rutina.
Adri dice que no tiene tiempo. Que debería. Que ojalá empezar. Que lo sabe pero no sabe, porque tiene que estudiar…
Una tarea tiende a expandirse en el tiempo tanto como el tiempo que hayamos asignado para hacerla.
Imagino a Martina con toda la tarde por delante para estudiar, sin nada que hacer hasta la cena. Unas cuantas horas por delante para deleitarse con un poco de geografía y unos cuantos minutos mirándose los pies. Otro poco de geografía y unos cuantos minutos más para darse cuenta de que tiene una mancha en el jersey que va a ver si sale rascando, o con una toallita a por la que ha ido al baño, donde de paso se ha encontrado con un juguete que había dejado allí su hermana, y una crema que le encanta que, por qué no, se va a echar ahora en las piernas. Y también en la cara, que la tiene un poco áspera. Por cierto, se le olvidó lavarse los dientes. Pues nada, de paso se los lava.
Vuelve a su habitación. Ya no sabe por donde iba. Mientras que se pone y que no, le pica el hambre. Va a ver si merienda. Ya volverá luego sobre geografía…
Expansión sin límites.
Me imagino a Adri con todo el tiempo del mundo por delante en una tarde en la que las clases acabaron a las 14.30 h. Mira el temario y hasta la paja se hace oro. Todo indispensable, todo ocupando una preciosa tarde que podría haber tenido múltiples usos y que finalmente se ha quedado reducida a una sola tarea central con múltiples distracciones que revolotean porque hay tiempo.
Nos manejamos mejor con tiempos limitados. Somos más eficientes. La eficiencia es parte de mi felicidad.
Le digo a Martina, después de volver del dentista: “Tienes una hora para estudiar hasta antes de irte al vóley. Y recuerda que luego has quedado con Almu para hacer algo de pértiga. Vas a volver a la hora de cenar”.
En la hora no ha habido ocasión de mirarse los dedos de los pies, ni de encontrarse las manchas del jersey, ni de ver como quitárselas. No se ha levantado de la silla, ni ha perdido ni un solo segundo de concentración en lo que estaba haciendo.
En una hora ha rendido como 4 horas de una tarde desocupada.
Daniela es una maestra de eso. De la gestión del tiempo. Tal vez sea secundario a las dos horas y media que pasa en el estadio cada día. “Pero como voy a renunciar a eso, mamá, si la gente es que no sabe lo que se pierde”.

