Voy teniendo una edad peligrosa.
Cada franja de edad tiene sus enfermedades favoritas. Recuerdo cuando estudiaba en la facultad que nos fijábamos sobre todo en aquellas que se daban en los años que cruzaban nuestra osamenta: la enfermedad inflamatoria intestinal, las neoplasias hematológicas, los tumores óseos, los tumores de partes blandas… Todo aquello que tuviera una incidencia aumentada en la segunda-tercera década de la vida causaba en nosotros cierta aprehensión. Y es que no era los mismo ver a un anciano de más de 40 años enfermo, que a un igual, desde nuestros ojos de veinteañeras inmortales.
Los infartos, tumores más frecuentes en la población añosa, la diabetes tipo II, la hipertensión, y todas esas chorradas, nos pillaban demasiado lejos como para preocuparnos de ellas, y además, tampoco nos parecía que fueran tan frecuentes ni importantes en la población. Daba la impresión de que nuestra edad jamás se acercaría a esa franja de peligro desconocido.
Las enfermedades propias de las edades tempranas aparecen sin avisar. No te ha dado prácticamente tiempo a hacer nada mal para haber merecido tal horror. Tus genes, por algún motivo, transcribieron órdenes de manera errónea; tu sistema inmune no reconoció de forma adecuada quien era el enemigo; pero no hubo nada que pudieras haber hecho por cambiar ese destino.
La pandemia de enfermedades relacionadas con nuestros hábitos de vida, nuestra falta de información, nuestra pereza por hacer las cosas de forma adecuada, nuestro sedentarismo… esas, llegaron sin avisar, pero porque como en el chiste, tú no quisiste hacer caso a ninguna de las advertencias enviadas. Y es que, como nunca me va a tocar a mí.
Los delgados también se infartan.
Y esto es porque los delgados antiguos lo eran porque aunque comían mucho, y probablemente con mucha más calidad que nosotros, estaban delgados porque tenían más actividad física que la proporcionada por nuestra silla de ruedas de oficina. Eran delgados con una composición corporal adecuada. Muchos de los delgados actuales lo son por dietas hipocalóricas que consumen el músculo sustituyéndolo por grasa, y dejamos de saber que productos son necesarios tomar, para preocuparnos solo de cuantas calorías tengo que ingerir para no engordar un gramo no importa de qué, sin importar la calidad nutricional de la caloría en cuestión.
La mayoría de los delgados actuales son realmente obesos, si solo nos refiriésemos al porcentaje de grasa que habita en su cuerpo, entre pliegues y faldones, infiltrando hígados y demás vísceras, haciendo hiperecoicos los páncreas, y rectificando las flexuras del intestino grueso (al menos es más fácil hacer una colonoscopia).
Este desequilibrio en el que el tocino adquirió todo el protagonismo, porque lo único que nos importa es que nos encaje una 38 (a poder ser una 36) sin importar el contenido que rellena ese pantalón, somete a nuestro mundo interno a un estado inflamatorio sistémico (sistémico es que es global, que está por todo nuestro cuerpo) que no permite que nada funcione de forma adecuada.
Nuestros sistemas de detoxificación y antioxidantes no pueden más, sobrecargados por tanta demanda, por tanta porquería. Se dañan las paredes de nuestras arterias y comienzan a formarse placas que irán cerrando poco a poco el flujo sanguíneo. Aunque respires, el aporte de oxígeno a tus órganos no será adecuado. Más estrés oxidativo, más látigo, más maltrato.
El infarto, la diabetes tipo II, el cierre de tus carótidas que provocaron el ACV, la subida repentina de la tensión arterial que propició un derrame cerebral, los pólipos que progresaron a cáncer, tú cáncer y el de los que respiraban tu humo… no llegaron de repente. Se les veía venir de lejos, sólo que tú no te diste cuenta.
Y sin embargo, nosotros, proveedores de salud, olvidamos a veces que la prevención es los más importante, y dejamos que la máquina de vending de la foto, nos llame desde los pasillos del hospital.

