Un hombre delgado, de 82 años, se encuentra en pie en el pasillo que me lleva hasta la puerta de la Unidad de Endoscopias, con bastón en mano, atento a toda la que pase por delante de él con aspecto de médica. Apenas puedo verle la cara, tiene la mascarilla puesta. Tampoco me habría servido de mucho para reconocerlo. Demasiados pacientes que pasan a la sala tumbados, desprovistos de cualquier seña de identidad. En la cama, tapados, con la mascarilla, todos son iguales. O no.
Ricardo está aterrado cuando David introduce la cama que ocupa a través de una puerta cuyo marco es imposible no golpear cada vez que cambiamos de paciente. “Manos dentro de la cama, por favor, no vaya que tengamos un disgusto”, que aquí los ingenieros no pensaron en el ancho de las camas de última generación. Me mira, preguntando si soy la doctora que le va a hacer la prueba. Que hay que ver lo que le ha tocado. Que cuando se va a acabar esto de los pólipos. Que por qué le pasa a él esto. Se le han quitado 3 pólipos, y le quedan otros tantos más complicados de quitar, pero solo un poco. Todos benignos. Todos se quitan solamente para prevenir que con el paso de los años, no den lugar a un cáncer. Y pierdo la fe en la medicina que hago.
Santiago, el del pasillo, aunque aun no sé su nombre cuando me llama, me dice que ha venido a traerme lo que prometió, una garrafa de su aceite, “de la prensa directo a la garrafa”, y la garrafa de 5 litros en la mano que no lleva bastón, bien protegida por dos bolsas de plástico. Los que esperan sentados en la puerta nos miran. Y yo me emociono. Ha venido con sus 82 años y apoyándose en su bastón solamente para traerme su aceite, porque nunca, ningún médico, le había tratado tan bien (dice). Hace 1 mes que le quité una lesión colónica que seguramente no amenazaría nunca su vida, pero que a él le quitaba el sueño.
Ricardo resopla en la cama. No puede estar tumbado del todo porque dice que no puede respirar. No llega a los 65, pero su volumen cuadruplica el mío, su cuello es inexistente, la cara abotargada, las piernas con múltiples lesiones por mala circulación, hinchadas… Se asfixia cuando habla. La sedación solamente viene a corroborar lo que ya sabíamos, que dormido difícilmente podría ventilar sus pulmones. Tiene que dormir con una máquina que a veces no se pone porque le molesta, pero la alternativa son pausas de apnea (deja de respirar), que le hacen roncar, que le producen microdespertares, que le impiden descansar, y que perpetúan el síndrome X que ya padece, además de dejarlo KO durante el resto del día.
Paso a Santiago a un sitio menos concurrido para darle las gracias, que no se tenía que haber molestado, que no es una molestia, que está encantado de volver a verme y que tenía que darme las gracias, que yo se lo agradezco más aun y que espero que siga igual de bien. Me sonríen sus ojos y le doy un abrazo antes de que salga por la puerta.
Ricardo se ha mantenido en un duermevela que apenas recuerda durante la colonoscopia, la sedación justa para que siga manteniendo cifras aceptables de oxígeno en su sangre, lo necesario para terminar de tratar los pólipos que le quedaban. Tuvo un infarto y lleva colocados dos muelles de esos que dice la gente. Se despierta, y lo primero que pregunta es como están los pólipos, si se los hemos quitado y cuando le toca revisión…. que por qué le pasa a él esto, con lo bien que estaba.
Con lo bien que estaba, dice.
Se podría hacer un cálculo de su esperanza de vida y probablemente no superaría el de muchos cánceres diagnosticados, pero no por tener pólipos, sino por “lo bien que está”. Porque para él, duplicar su peso recomendado, tener un síndrome de apnea obstructiva del sueño, hipertensión arterial, hiperecolesterolemia, insuficiencia vascular periférica (y también central), llevar dos stents puestos en las coronarias después de padecer un infarto… es estar bien. Y el problema, son los pólipos que no tendrán ni tiempo de crecer.
A veces pierdo la fe en la medicina que practico. Es como si estuviera tratando con parches que no sirven para nada la punta del iceberg. Una medicina compartimentalizada, en la que somos incapaces de realizar nuestra máxima inversión en lo que más nos aportaría, la prevención y la educación para la salud.

